
'Democrisis' o democracia renovada

03/28/2025 11:20 PM
La preocupación por el futuro de la democracia como forma de gobierno no es un análisis prospectivo que solo está haciendo Costa Rica a partir de una serie de predictores de cambio relacionados con acciones e ideas expresados por los gobiernos de turno y, en particular, el actual.
Esta conversación es universal. El Consejo Europeo debate el tema, lo mismo que en aquellos países de Suramérica donde prevalece el sistema aún. De la misma forma, se pueden ver manifestaciones de preocupación en Centroamérica y México, y se agregan a la lista Estados Unidos y Canadá.
No obstante, pareciera que las conversaciones o inquietudes sobre los futuros de la democracia están siendo orientadas de una manera que hace suponer en que esta forma de gobierno no evoluciona y que, por tanto, sus instituciones tampoco lo hacen. Eso sería una contradicción a la lógica continua del cambio social.
A la hora de abordar un estudio de futuros –por ejemplo, de las democracias–, es importante considerar el contexto de análisis, y un elemento fundamental que plantea el prospectivista pakistaní-australiano Sohail Inayatullah es con cuáles estereotipos estamos abordando el estudio del tema.
Los futuros de la democracia costarricense necesariamente pasan por romper el estereotipo de que esta es algo inmutable, con un conjunto de características fijas en el tiempo. La pregunta que debe responderse es si los cambios que ha experimentado el mundo y el país en temas estructurales demandan un remozamiento de algunos de los atributos de nuestra democracia.
Pero se debe entender que la democracia no solamente es un tema electoral, es algo más profundo, y hubo señales en el país que dejaban ver venir una "democrisis". Este concepto, desarrollado por diferentes autores y que presentó Mathias Behn, de la Empresa Asesora ANTÍCIPATE ante el Consejo Europeo, sugiere un desequilibrio entre las demandas de la sociedad y la respuesta del sistema de gobierno.
Una "democrisis" es un punto de disrupción de la democracia tal y como la hemos conocido. En el país, se han presentado, desde hace ya varios años, señales de advertencia sobre los futuros de nuestro sistema de gobierno.
Siguiendo algunas narrativas que se han generado sobre la democracia en el país, he escuchado a algunos analistas decir en campañas electorales pasadas que la participación de muchos "partidos políticos" era una señal positiva para la democracia, pero, curiosamente, el aumento de partidos no ha coincidido con una disminución del abstencionismo electoral ni con una mayor credibilidad en el sistema. Pareciera que el estereotipo era que el bipartidismo no era positivo para la democracia. La proliferación de "partidos políticos" era una señal que, a mi modesto entender, no se interpretó de la mejor manera.
La caída de la participación comunitaria en organizaciones; es decir, la debilidad del movimiento comunal en el país era otra señal importante. Las bases de la participación en partidos en este país se cimentaban ahí; sin embargo, la señal fue interpretada como que las nuevas generaciones no querían participar en las organizaciones y las viejas generaciones, por su parte, no dejaban espacio.
Una señal similar vino desde la participación gremial y sectorial. La pérdida de credibilidad y de importancia en la agenda del sindicalismo y el cooperativismo, que paulatinamente se fueron politizando, les restó presencia en el fortalecimiento de la democracia.
El deterioro de la educación cívica en la primaria e incluso en la secundaria hizo que estas generaciones no tuvieran esa importante inducción y refuerzo en valores, como la convivencia en democracia y la responsabilidad de los habitantes con el fortalecimiento de esta. En la misma línea, la pérdida de relevancia de las celebraciones patrias ha ido haciendo que se pase de una reflexión sobre el legado que hemos recibido a una actividad que simplemente forma parte del calendario del Ministerio de Educación Pública.
Agreguemos a la ecuación de futuros un cambio en la pirámide poblacional; con nuevas generaciones, en cuyo imaginario la democracia no es necesariamente la primera prioridad, al tiempo que las generaciones mayores poco a poco van desapareciendo.
Otra señal proviene de la credibilidad en las organizaciones institucionales con las que se asocia a los tres poderes-pilares del sistema democrático. En los últimos informes del Latinobarómetro, que mide la confianza en las instituciones en América Latina, los cuatro últimos lugares de confianza son: Asamblea Legislativa, sistema judicial, gobierno y partidos políticos.
Si la mayoría de los latinoamericanos –costarricenses incluidos– han perdido la confianza en esas organizaciones institucionales que representan la base de la democracia, partamos de que creemos en la separación de poderes y los demás atributos del sistema para tener una pista de por dónde empezar.
Esto nos da ideas sobre los escenarios futuros que se podrían presentar para la democracia costarricense. Pongamos, como hacía Aristóteles, dos extremos de futuros para construir estos escenarios. En uno estaría una democracia remozada, y en el otro, el final de la democracia. Aclaro que no veo la posibilidad de retornar al punto de democracia donde estuvimos por años; no sé qué forma tomará lo que viene, pero creo que no será igual.
De acuerdo con Mathias Behn, es urgente que reimaginemos la democracia y que se valoren todos los estereotipos que tenemos sobre esta, y lo más importante es comprender que este sistema de gobierno no es algo fijo, sino un sistema que necesita fortalecerse.
La historia ha visto nacer y morir sistemas de gobierno que han sido superados por otros que no han sido necesariamente mejores, pero es que los anteriores no evolucionaron. Una mejor democracia requiere pensamiento, decisiones e inversión.
Para los que nacimos en una democracia y hemos visto y estudiado lo que sucede en países con otros sistemas de gobierno, vale la pena hacer un esfuerzo extraordinario por fortalecer nuestra democracia; eso sí, evaluando la calidad de esta y viendo las debilidades por donde la atacan sus detractores.
Juan Carlos Mora-Montero es doctor en Gobierno y Políticas Públicas y docente en la Universidad Nacional (UNA) y la Universidad de Costa Rica (UCR).